18-04-2011El intelectual aymara está dotado de una autoridad moral que hace suyo un pensamiento independiente de los poderes e interviene en cuestiones públicas, como testigo de ellas, anteponiendo un conjunto de valores y un tipo particular de sensibilidad. Esta es una de las conclusiones de la investigación “Homogeneidad social y etno-nacionalismo. Los intelectuales aymaras y el proceso de democratización política en Bolivia”, de Laura Cecilia Salazar de la Torre (Coordinadora), Ana Evi Sulcata Guzmán y Juan Mirko Rodríguez Franco.
La investigación fundamentada en procesos de discriminación histórica responde a una convocatoria lanzada por el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), sobre "Racismo, Discriminación y Relaciones Socioculturales en Bolivia", lanzada el año 2010.
Según la investigación, quienes teorizan sobre el tema de los intelectuales coinciden en señalar que a éstos les es inherente la cualidad de “interrogar a la sociedad” y de “interrogarse a sí mismos” y que su tarea consiste, fundamentalmente, en “decirle la verdad al poder” o plantear públicamente “cuestiones embarazosas”, desde un lugar que ni los gobiernos ni las instituciones pueden “domesticar”.
Según explica la coordinadora del proyecto, “está claro por qué la educación se yergue en el imaginario como un factor fundamental de la integración socio-cultural, noción que ha calado en las propias poblaciones que, así como las estructuras institucionales estatales, también se convierten en catalizadores de los valores dominantes, fundados en la igualdad ciudadana. Siendo esto así, la educación es visualizada como el medio que iguala a unos respecto a los demás, entre otras cosas porque, más allá del ámbito local, permite acceder a bienes culturales considerados decisivos para la movilidad social y que crecientemente, tienden a concentrarse en el mundo urbano”.
Según deja ver la investigación, dentro del mundo de los intelectuales aymaras habría tenido sentido una jerarquía en torno al conocimiento, cuyo nivel más elevado lo ocupaban quienes tenían dominio sobre los signos naturales a los cuales se les daba ciertos significados, para manipularlos y proteger así a la sociedad de su impacto. Se habría denominado a este dominio de los signos como “lenguaje sagrado”, aludiendo a las habilidades que aquellas elites tenían para interpretar las manifestaciones de la naturaleza, en un escenario de dependencia estrecha de los seres humanos respecto a ésta.
“También tiene sentido que actualmente en el área rural, la educación haya sido observada metafóricamente como un camino o una escalera que conduce al bienestar ascendente de las personas, entendiendo por ello su urbanización y su profesionalización”, dice Salazar.