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Investigación: Bolivia vive un proceso de territorialización del racismo
Periódico Digital PIEB • 26-06-2008 align="justify" Un equipo de investigadores de la Universidad La Cordillera plantea que en Bolivia “estamos asistiendo a un proceso de territorizalización del racismo, pues el racismo no sólo se expresa en términos políticos sino que se ha inscrito en la geografía del país”.

El Seminario “Más allá del racismo: buscando caminos posibles” se desarrolló el 26 de junio en el Museo de Etnografía y Folklore (MUSEF), en La Paz, con la participación del equipo de investigadores de la Universidad La Cordillera y el apoyo del Defensor del Pueblo. El equipo de la Universidad La Cordillera expuso algunos de los resultados de su estudio “Racismo y regionalismo en el proceso constituyente”.

Los investigadores estudiaron los enfrentamientos sucedidos el 11 de enero en Cochabamba, los choques entorno a la Asamblea Constituyente y las características de las relaciones sociales en Santa Cruz y Tarija. La socióloga Carla Espósito planteó que el país asiste a un proceso de territorialización del racismo que consigna el espacio físico de las ciudades como la última trinchera por defender para la clase media.

Esto se explica porque las clases medias han sido históricamente preparadas para formar la burocracia estatal, pero al cerrarse ese espacio frente a los movimientos sociales, se abre un horizonte de incertidumbre pues su principal espacio de realización se restringe. Entonces surge la reflexión, “ustedes han ocupado el Estado, las instituciones, pero la ciudad no, eso es nuestro, es la última trinchera por defender”, y aparece una frontera que no se puede transgredir.

¿Pero cómo se concreta este proceso de territorialización? Espósito dice que primero tiene que ver con concepciones del otro y de sí mismo. En ese marco la pregunta es quién es el indígena. La respuesta de la clase media es que el indígena es la persona que habla quechua o aymara, viste abarcas, poncho o pollera y trabaja la tierra, es decir pertenece a un territorio y a un lugar específico; contrariamente a esto, el citadino es el que vive en la ciudad, habla castellano y es el portador de la civilización. “De ahí se deriva una concepción de lo que es la ciudad, un espacio de la civilización, del conocimiento, de la cultura, de la limpieza, de los buenos olores, del orden”.

Espósito dice que la alteración de estos órdenes se considera como una transgresión, y lo mismo sucede cuando se plantea que el oriental no puede ocupar el territorio del occidental, y viceversa. Por eso es que los “cruceños” califican como “avasalladores” a los migrantes de occidente llegados a sus tierras.

Entorno a esta situación surge un leguaje de guerra: “vamos a defender la ciudad” de los campesinos, o vamos a defender la tierra. Por tanto el racismo se manifiesta en recordarle al otro cuál es su lugar, asignarle un castigo por transgredir los límites y permitir la relación de los indígenas con las ciudades por medio de sus márgenes y sus mercados.

Los cambios en el Estado son la base
El investigador Martín Torrico explicó que en estos últimos años sucedieron hitos específicos con características racistas en Sucre, Santa Cruz, Tarija y Cochabamba, que se produjeron con base en una modificación de la estructura de la sociedad y del Estado.

Un proceso de cambio en el que se pueden identificar tres ejes: la contradicción entre el Estado y los pueblos indígenas (con un proyecto descolonizador y la modificación del Estado monocultural, monijurídico y liberal); la contradicción entre el Estado y el capital (con la restitución de la autonomía del Estado, nacionalización del excedente, incertidumbre en grupos de poder económico, etcétera); y la contradicción entre el Estado y la región (atrincheramiento de las élites en sus regiones y constitución de poderes locales, interpelación al centralismo).

Según Torrico, estas tres contradicciones generan miedos que tienen una itinerancia entre la política institucional, que a la larga convierte en natural al racismo cotidiano, y la política de las calles, que propicia la aparición del racismo con actitudes violentas. Los investigadores advierten que estos “miedos” responden al proceso de descomposición del Estado monocultural, monojurídico, liberal y mestizo, responden a la desarticulación de los grupos de poder y todo su andamiaje.

Los grupos de poder económico se atrincheran en las regiones y constituyen “nuevos” poderes locales. Frente a ellos, los disidentes son separados, marginados y castigados incluso con fustigamientos claramente racistas.

Para reforzar esa idea, Espósito plantea que la nueva forma de expresión del racismo en Bolivia tiene su origen en el ascenso, en estos últimos años, de los movimientos indígenas campesinos. Un movimiento que ha trascendido el espacio agrario y de las carreteras para tomar las ciudades y asentar presencia incluso en las instituciones estatales.

Entre 2000 y 2003, los movimientos han logrado devolver la autonomía al Estado, hubo un recambio de las élites que manejan el poder y una rearticulación de procesos de tipo oligárquico reproducidas esta vez a nivel local. La investigadora encuentra incluso un paralelo con el proceso anterior a 1952, cuando las plazas y calles de las ciudades estaban cerradas a los campesinos, pues ahora se reclama a algunas ciudades (Cochabamba y Sucre) como territorios destinados exclusivamente a los citadinos.

Espósito dice que dos aspectos caracterizan el proceso oligárquico: la rearticulación de la matriz civilización-barbarie y la rearticulación de discursos regionales (exacerbación de sentimiento regional y polarización falsa entre cambas y collas).

En la matriz civilización-barbarie, el discurso político está atravesado por el socialdarwinismo que considera un proceso de evolución lineal de la sociedad que parte de un estado natural (indígena) hasta avanzar hacia la civilización y modernización. Esto crea la idea de que el MAS lleva el emblema de lo tradicional, y el discurso liberal es la punta de lanza de la civilización.

La Asamblea Constituyente fue el escenario donde se polarizaron las posiciones de barbarie y civilización, dos saberes diferenciados (el académico y el de las prácticas de la vida cotidiana), dos lecturas del mundo. Al final del proceso, la mayoría cuantitativa que formaban los indígenas se convirtió en una minoría cualitativa debido a que ellos estaban en un territorio que no admitía sus propios códigos de expresión, conocimiento o saber.

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