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Construcción de la interculturalidad en la ciudad de Potosí
Periódico Digital PIEB • 08-07-2008 Fernando Libio Cruz y Aleyda Reyes*

Una aproximación a las características identitarias de migrantes rurales y habitantes citadinos de la capital potisina, permitió entender las percepciones de la “sociedad de acogida” frente a la inserción de lo que podría denominarse una “identidad huésped”.

La primera influye de manera gravitante en los procesos de integración intercultural y en ella se plasma la unión de distintas características culturales. Mientras que la segunda, representada por los migrantes, aporta también una influencia.

Así se vio en el proyecto de investigación “Identidad Social y Procesos Interculturales” que vuelca la mirada a los flujos migracionales (campo–ciudad) asentados en la capital potosina, y las relaciones y procesos de inserción que se dan en torno a éstos.

Sus prácticas de integración terminan siendo constructivas porque se basan en la relación de identidades diferentes en espacios vecinales, donde se comparte no sólo vecindad, sino también necesidades y aspectos comunes o coincidentes.

Percepciones desde el migrante
Los resultados de la investigación muestran que para el migrante, dejar la tierra implica perder los asideros más íntimos, sean culturales, sociales o económicos. Su identidad se empieza a ver afectada cuando en su nuevo entorno se encuentra privado, durante un tiempo, de poder comunicarse, compartir sus experiencias y sus inquietudes como nuevo ciudadano.

“Yo vivo en la Ciudad Satélite y aunque viven otros de mi comunidad no coordinamos con los citadinos. En qué momento digamos yo podría trasmitir mis costumbres, si casi no hay un espacio aquí; igual nosotros, este lugar es de puro sureños, tienen sus casas, podrían haber creado su identidad cultural porque están en grupo, pero no lo hacen” (migrante de la comunidad Yura).

En ese escenario, se aferra a lo suyo. En el marco del estudio, el 60 por ciento de los entrevistados expresó que son de habla quechua y manifestó que la cultura de su comunidad es “mas rica”; valoran, además, su vestimenta y costumbres.

Estas prácticas se muestran o perciben en lo urbano cuando el migrante evoca costumbres o ritos. “Para el 28 de agosto, fiesta de San Agustín en Cerdas, bailan los mayores con zampoñas, bandas, aymillas” (Mario Villarroel, Cantón Chaqui, comunidad Cerdas).

Otra manera de mantener latente su vínculo con su tierra es la vestimenta que es típica del lugar donde han nacido, ya sean propiamente originarios o de comunidades donde ya han sufrido un intercambio con la cultura occidental.

“Nosotros no vamos a olvidar nunca nuestra vestimenta, a veces nos sentimos humillados, maltratados, no nos vamos a dejar discriminar. Nuestra cultura estaba pisoteada, por ello nuestros hijos se han puesto chamarras, pantalones, en la ciudad andamos con pollera, pero en la comunidad andamos con nuestra vestimenta” (Nicolasa Francisco, Ayllu Andamarca).

Dado este entorno, la relación de los migrantes con los citadinos es mediada por instrumentos y herramientas como los mitos, la lengua, las tecnologías, la religión y otras. Pero, a la vez, cada migrante contribuye con su cultura, con su identidad, con su cosmovisión en el lugar donde se asienta.

Son las primeras señas de integración y a partir de ello es posible entender la identidad como el conjunto de representaciones y referentes a partir de los cuales una sociedad o cultura alcanza a percibirse. A sentirse. Incluso, a soñarse.

La identidad desde el punto de vista del citadino
La investigación también mostró que el 50 por ciento de los migrantes trata de difundir o dar a conocer en los espacios vecinales donde les toca vivir sus creencias y costumbres. Empero, el 30 por ciento de los entrevistados citadinos tiende a criticar fácilmente este hecho, señalando que los migrantes pierden sus prácticas socioculturales y, por ende, su identidad.

“Al venir la gente del campo pierde su identidad, se ha desclasado, deja de ser lo que es y cambia su forma de ser” (A. Fernández, Distrito 6).

“Antes vivíamos más tranquilos, ahora han llegado ellos y lo primero que hacen es cambiar su vestimenta por otra, se olvidan de lo que son y asumen otras costumbres ¿cómo eso?” (Vecino citadino, Distrito 7, San Pedro).

Entonces, para “evitar” el rechazo del otro y poder ser aceptado, el migrante entra en un proceso de “adecuación”. Es así que el 70 por ciento de los entrevistados manifestó que tuvo que “acomodarse o adecuarse” a lo urbano: “He venido a Potosí y me he tenido que sacar mi aimilla y ponerme pollera, sino me decían india y mi prima me ha dicho que así iba a conseguir trabajo mas rápido” (migrante Chulchucani).

Esta adecuación tiene un precio: El olvido o abandono paulatino de características identitarias y culturales propias, y la posterior construcción de una identidad común donde se asumen nuevos valores. Es aquí donde se hace notoria la influencia de la identidad “huésped” sobre la de “acogida” y viceversa.

“Para la fiesta de Espíritu, yo bailaba con chicote, aquí en la ciudad ya no tengo esa costumbre” (Vecina migrante Molino).

Si bien en este proceso hay manifestaciones de, incluso, discriminación étnica, cultural y simbólica, en la convivencia son atenuadas por las relaciones sociales, fundamentalmente cuando se presentan intereses comunes.

* Fernando Libio Cruz y Aleyda Reyes son autores de la investigación “Identidad Social y Procesos Interculturales”.

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