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Culturas del Chaco tarijeño
Periódico Digital PIEB • 13-04-2007 A su paso por el departamento de Tarija, la cordillera de Los Andes forma macizos montañosos que corren paralelos, dibujando valles y cordones de montaña ubicados en diferentes niveles, hasta llegar al pie de monte, entre la cordillera y la llanura chaqueña. En medio de esta pendiente se encuentra el Valle Central de Tarija: entre la puna y la selva de montaña, en un punto formado por la unión de varios valles amplios que desembocan a un corredor iniciado por el paso del río Guadalquivir, como describe la investigación Entre territorios poblados y despoblados. Trashumancia ganadera en Tarija.

En este valle se levanta la ciudad de Tarija, capital del departamento, rodeada de comunidades campesinas, cuyos miembros reciben el nombre de chapacos. Más allá, lejos de las pocas empresas vitivinícolas, granjas lecheras, avícolas y porcinas del habitante del sector rural, hay mucha historia, la de pueblos guaraníes, chanés, tobas y tapietes, descritos hoy en este artículo, a propósito de la cercanía de la efeméride departamental de Tarija, el 15 de abril.

Diversos grupos culturales
A la llegada de los españoles a los valles de Tarija en el siglo XVI, la población local estaba compuesta por una diversidad de grupos culturales, por tratarse de un lugar de frontera entre el imperio incaico y el territorio guaraní.

En ese escenario, la frontera tarijeña parece haber sido una en consolidación, posterior a la fase militar –señala la investigación Entre territorios poblados y despoblados. Trashumancia ganadera en Tarija realizada por un equipo encabezado por Carlos Vacaflores– con la función de propiciar un ambiente de intercambio de productos entre ecosistemas de pie de monte en poder de los guaraníes y chanés (Calzavarini, 1996), y de los valles interandinos y puna, en poder del Estado Inca.

Del otro lado de la frontera inca, en las estribaciones andinas de la zona del valle de Tarija, se encontraba el pueblo guaraní, cuya característica fue una gran resistencia a la expansión incaica, realizando incluso algunas incursiones militares. Este pueblo, también llamado chiriguano, mantuvo resistencia como unidad cultural independiente hasta la época republicana de Bolivia, cuando recién fue sometido por el ejército del nuevo Estado, en la década de 1890, con la batalla de Curuyuki (Meliá, 1988: Calzavarini, 1996).

Los guaraníes de la frontera tarijeña provenían aparentemente de un movimiento migratorio que surgió desde el Paraguay. Formaban parte de una unidad relativamente diferenciable de otros grupos guaraníes, ubicados más al norte a lo largo de la frontera oriental del incario. La movilidad del pueblo estaba ligada al mito de la búsqueda de la Tierra sin Mal, ubicada más allá de las montañas de Los Andes (Meliá, 1988: Calzavarini, 1996), lo que seguramente inspiraba los intentos de movilización hacia territorio incaico y vino dirigiendo la migración desde las riberas del Atlántico hacia la zona de la Cordillera del hoy denominado Chaco boliviano.

A su llegada al Chaco, los guaraníes encontraron a los chanés, un pueblo con características más sedentarias y con una economía basada en la agricultura, quienes habían desarrollado mecanismos de intercambio con las poblaciones de las serranías, lo que refuerza la tesis de que la frontera de Tarija cumplía una función importante de intercambio con las “tierras bajas”.

Ese rasgo posibilitó que los dos pueblos se juntaran rápidamente en una asociación, con roles diferentes. Los unos como “amos”, debido a su carácter guerrero y los otros como “servidores” debido a su carácter más sumiso. En esta unidad no se destruyeron la cultura no las relaciones con la zona andina, favoreciendo, en alguna medida, la continuidad de la frontera de intercambio en la zona de Tarija.

De hecho, hasta hoy se realizan viajes de llameros entre los ambientes altos y la zona de selvas de montaña pasando por el valle de Tarija, para el intercambio.

Los grupos de la parte del Chaco
El Chaco boliviano, que involucra a Tarija, Santa Cruz y Chuquisaca, ha sido siempre un espacio multicultural y multilingüe donde han convivido en constantes guerras los tapietes y los tobas, los matacos (hoy wenhayek), los chorotis, los guiaraníes, los chanés y los shirakua. En ese espacio multicultural la guerra imponía un orden jerárquico donde los grupos más poderosos eran los guaraníes, los tobas y los matacos, mientras que los chorotis y los tapietes eran grupos minoritarios, sometidos por los primeros.

Un grupo importante eran los tobas, diseminado en los bosques chaqueños entre los ríos Pilcomayo y Bermejo, retrata la investigación Estrategias de sobrevivencia entre los tapietes del Gran Chaco. Viajeros, etnógrafos y religiosos describen a los tobas como un grupo de guerreros con mucho poder. Al igual que los tapietes y los guaraníes, los tobas utilizaban la pukuna, pito de madera, cuando invadían un poblado o tomaban cierta parte de la orilla del río.

Pero después de la matanza de 1882 migraron al sur, hacia el Paraguay, y los tapietes se asentaron de manera más estable en las cañadas y lugares próximos al río, aunque se cree que la permanencia de los tobas en tierra boliviana se prolongó hasta antes de la Guerra del Chaco. En la actualidad no existe ni un solo toba en territorio nacional; las poblaciones más cercanas son Monte Carmelo y Curvita que se encuentran en la provincia Salta de Argentina.

En cambio los tapietes son hoy por hoy un pueblo reconocido, con Tierras Comunitarias de Origen (TCO) otorgadas el año 2000. Los tapietes son parte de la Provincia Gran Chaco Tercera Sección, Cantón Villa Montes, con una superficie de 24.840.000 hectáreas, divididas en dos áreas discontinuas, según el título de TCO.

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